Caballo de Troya

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Las paredes de la habitación habían sido pintadas por el antiguo inquilino de un color violeta como el de los cuartos de los niños, y la poca luz que entraba por la ventana que daba al salón se perdía entre los montones de ropa que nos rodeaban. Se paseaba entre el sudor, entre el olor continuo a sexo, que no era de uno ni de otro, sino algo tan específico que solo ocurría cuando ambos nos encontrábamos y que era luego imposible de borrar de las sábanas, incluso de las paredes, que entonces, pintadas de  ese color, me parecían mancilladas. Claro que él eso no lo sabía, pues su pálido cuerpo se colaba en mis horas de descanso, se desvestía sin pudor y se vestía sin lástima, como si lo que sucedía entre medias perteneciera a otros.

El caos profundo del dormitorio no era más que una metáfora de nuestras propias vidas. (…)