El anodino

El hombre de humo

El olfato es el mayor estimulante de recuerdos. Bien lo sabía Proust cuando hizo viajar a su protagonista a la infancia catapultado por el aroma de una magdalena.

El anodino se miró en el pesado espejo barroco que presidía la encimera de la chimenea y se preguntó si, igual que había hecho su cerebro con aquel perfume, el espejo sería capaz de retener su imagen en el interior para expulsarla de nuevo cuando todos lo hubieran olvidado. Haría falta un resorte, se dijo. Algo que le hiciese rescatar la imagen del olvido. Qué triste ser el resorte de un anodino. La condena de ser la copia de una vulgaridad.

Cerrando los ojos, el anodino trató de imaginar a la joven cuyo perfume había sido evocado por la muchacha que acababa de marcharse hacía apenas media hora. Para terribilidad suya, porque hacía patente que lo mismo le había sucedido a ella, fue incapaz de recordar su rostro. (…)